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Bandera, emblema y blasón

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Bandera, emblema y blasón II

Bandera de Castilla y León

Ambos elementos no estuvieron en las enseñas oficiales desde el primer momento. Sumidos en un proceso de reconquista frente a los musulmanes, hasta finales del siglo XI los reyes cristianos de la Península Ibérica usaron indistintamente en sus escudos y estandartes el signo de la cruz, aunque ésta no fuese siempre uniforme: variaban sus formas y colores, si bien hubo predilección por la cruz latina o griega, y por los colores rojo, blanco y amarillo.

A partir del siglo XII, los monarcas comienzan a sustituir la cruz tradicional por un león (Alfonso VII) o un castillo de tres torres (utilizado por Alfonso VIII en sus sellos y monedas). Al unirse ambos reinos de forma permanente en el año 1230, bajo Fernando III el Santo, también se diseñó la bandera definitiva. Será un símbolo de la propia unión de los reinos en una sola nación.

Cuando el devenir histórico de herencias territoriales y matrimonios entre los nobles provocaban que dos reinos tuviesen un mismo monarca, aunque mantuviesen distintas e independientes sus instituciones, sus leyes, su lengua y sus costumbres, las leyes de la heráldica marcaban que la bandera o blasón que ahora los identificara estuviese divida en dos partes, y que en cada una de estas partes se deberían poner los colores o las figuras de uno y otro reino. Si la unión que se había producido entre esos reinos se estimaba que era una fusión definitiva, como fue el caso de Castilla y León, entonces la bandera o blasón se debería dividir en cuatro partes iguales, y habría que alternar las figuras y colores de ambos reinos. Con ello se pretendía simbolizar la unión entre ambos, y que si antes eran dos reinos ahora se habían fusionado en uno solo.